jueves, 23 de agosto de 2007

Obstaculos para el avivamiento



Por Oswald J. Smith.

HAY TAN SÓLO un obstáculo que puede bloquear el canal e impedir el poder de Dios y éste es el PECADO. El pecado es la gran barrera. Por sí solo puede impedir la obra del Espíritu e impedir un avivamiento. “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad”, afirmaba David, “el Señor no me habría escuchado” (Salmo 66:18). Y en Isaías 59:1-2, tenemos estas significativas palabras:

“He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír”. Así, el pecado es la gran barrera y tiene que ser abandonado. No pueden haber medias tintas. No hay alternativas. Dios no obrará en tanto que haya iniquidad no confesada.

Leemos en Oseas 10:12: “Sembrad para vosotros en justicia, segad para vosotros en misericordia; haced para vosotros barbecho; porque es el tiempo de buscar a Jehová, hasta que venga y os enseñe justicia”. Y en 2ª Crónicas 7:14 se otorga la promesa de bendición basada, no obstante, sobre unas condiciones inalterables: “Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra.” Así que, nada menos que un corazón contrito por el pecado, una confesión total y restitución satisfará a Dios; y no solamente tristeza por las consecuencias y castigo del pecado, sino por el pecado mismo cometido contra Dios. El infierno está lleno de remordimientos, pero solamente por el castigo en el que se ha incurrido. No existe ninguna verdadera contricción. El hombre rico no pronunció ni una sola palabra de tristeza por su pecado en contra de Dios (Lc. 16:29-30). Pero David, aunque culpable de asesinato y de adulterio a la vez, vio su pecado como solamente contra Dios (Sal. 51:4). El mero remordimiento no es verdadera tristeza según Dios para arrepentimiento. Judas, aunque lleno de remordimientos, nunca se arrepintió. El pecado tiene que ser dejado por completo.

Ahora bien, solamente Dios puede conceder un corazón contrito y quebrantado, una tristeza que tendrá como resultado la confesión y el abandono del pecado y nada menos que esto será suficiente. “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Sal. 51.17). “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Pr. 28:13). “Reconoce, pues, tu maldad, porque contra Jehová tu Dios has prevaricado” (Jeremías 3:13).

Constituye una experiencia muy normal hallar almas arrodilladas ante el altar y clamando a Dios con una apariencia de gran angustia de corazón y que no reciben nada. Y es igual de normal que grupos de personas se reúnan durante noches orando para un avivamiento, y que con todo, no tienen ninguna respuesta a sus oraciones. ¿Dónde está el problema? Que la Palabra de Dios dé la respuesta: “Vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír.” Así, ante todo destapemos nuestro pecado; hagamos rectos los caminos torcidos, saquemos las piedras del camino, y entonces podremos esperar confiadamente lluvias de bendiciones.

Ahora tomemos nuestros pecados uno a uno y tratemos por separado con cada transgresión y preguntémonos lo siguiente, puede que seamos culpables y que Dios nos vaya a hablar:

(1) ¿Hemos perdonado a todos? Existe alguna malicia, rencor, odio o enemistad en nuestros corazones? ¿Alimentamos resentimientos y hemos rehusado reconciliarnos?

(2) ¿Nos ponemos coléricos? ¿Nos exaltamos por dentro? ¿Es verdad que aún perdemos los estribos? ¿Acaso la ira se apodera en ocasiones de nosotros?

(3) ¿Hay sentimientos de celos? Cuando se prefiere a otro antes que a nosotros, ¿nos invade la envidia? ¿Tenemos celos de aquellos que pueden orar, hablar, y hacer las cosas mejor que nosotros?

(4) ¿Nos volvemos impacientes e irritables? ¿Acaso hay pequeñas cosas que nos abruman y enojan? ¿O somos dulces, calmados e inconmovibles bajo todas las circunstancias?

(5) ¿Se nos ofende fácilmente? Cuando la gente no se da cuenta de nuestra presencia y nos esquiva sin dirigirse a nosotros ¿nos duele? Si se hace mucho a otros y a nosotros se nos deja a un lado, ¿cómo nos sentimos acerca de ello?

(6) ¿Hay algún orgullo en nuestros corazones? ¿Nos hinchamos? ¿Nos creemos mucho nuestra propia posición y consecuciones?

(7) ¿Hemos sido deshonestos? ¿Están nuestros negocios abiertos y limpios de toda censura?
¿Damos un metro por un metro y un kilo por un kilo?

(8) ¿Hemos estado murmurando de otras personas? ¿Calumniamos el carácter de otros? ¿Somos chismosos y entremetidos?

(9) ¿Criticamos sin amor, duramente, severamente? ¿Estamos siempre hallando fallos y buscando las equivocaciones de los demás?

(10) ¿Le robamos a Dios? ¿Le robamos tiempo que le pertenece a Él? ¿Hemos retenido nuestro dinero?

(11) ¿Somos mundanos? ¿Nos gusta el brillo, la pompa, y la gloria de esta vida?

(12) ¿Hemos robado? ¿Tomamos cosas pequeñas que no son nuestras?

(13) ¿Anidamos en nosotros un espíritu de amargura hacia otros? ¿Hay odio en nuestro corazón?

(14) ¿Están nuestras vidas llenas de ligereza y de frivolidad? ¿Es nuestra conducta indecorosa? ¿Consideraría el mundo por nuestras acciones que estamos de su lado?

(15) ¿Hemos dañado a alguien y no hemos hecho restitución? ¿O nos ha poseído el espíritu de Zaqueo? ¿Hemos restaurado las muchas cosas pequeñas que Dios nos ha mostrado?

(16) ¿Estamos preocupados o ansiosos? ¿Dejamos de confiar en Dios en cuanto a nuestras necesidades temporales y espirituales? ¿Estamos continuamente sufriendo futuras penalidades sin haber llegado a ellas?

(17) ¿Somos culpables de inmoralidad? ¿Dejamos que nuestras mentes aniden imaginaciones impuras e impías?

(18) ¿Somos veraces en nuestras afirmaciones, o exageramos y con ello transmitimos falsas impresiones? ¿Hemos mentido?

(19) ¿Somos culpables del pecado de incredulidad? A pesar de todo lo que Él ha hecho por nosotros, ¿Rehusamos aún creer Su Palabra? ¿Murmuramos y nos quejamos?

(20) ¿Hemos cometido el pecado de la falta de oración? ¿Somos intercesores? ¿Oramos? ¿Cuánto tiempo pasamos en oración? ¿Hemos permitido que las muchas ocupaciones desplacen a la oración de nuestras vidas?

(21) ¿Estamos siendo negligentes con la lectura de la Palabra de Dios? ¿Cuántos capítulos leemos al día? ¿Somos estudiosos de la Biblia? ¿Sacamos de las Escrituras nuestro aprovisionamiento?

(22) ¿Hemos dejado de confesar a Cristo de una manera abierta? ¿Nos avergonzamos de Jesús? ¿Cerramos nuestras bocas cuando nos vemos rodeados por personas del mundo? ¿Estamos testificando a diario?

(23) ¿Estamos con una carga por la salvación de las almas? ¿Tenemos amor por los perdidos? ¿Hay alguna compasión en nuestros corazones por los que están pereciendo?

(24) ¿Hemos perdido nuestro primer amor y ya no tenemos fervor hacia Dios?

Éstas son las cosas, tanto positivas como negativas, que detienen la obra de Dios en medio de Su pueblo. Seamos honrados y llamemos las cosas por su nombre: PECADO, es la palabra que Dios utiliza. Lo antes que admitamos que hemos pecado, y estemos listos a confesarlo y a dejarlo, lo antes que podemos esperar que Dios nos oiga y obre en poder. ¿Para qué nos vamos a engañar? No podemos engañar a Dios. Así, pues, eliminemos el obstáculo, lo que estorba, antes de tomar ningún otro paso. “Si nos juzgáramos a nosotros mismos, no seríamos juzgados.” “El juicio tiene que empezar en la casa de Dios”.

Ésta ha sido la historia de la obra del avivamiento a lo largo de todos los siglos. Noche tras noche se han predicado sermones sin que ellos surtieran ningún efecto, hasta que algún anciano o diácono estalla en una agonía de confesión y, yendo a aquél al que ha dañado, le ruega perdón. O alguna mujer que ha sido muy activa en la obra, y que se hunde y en lágrimas de contrición confiesa públicamente que ha estado murmurando acerca de alguna otra hermana, o que no se habla con la persona al otro lado del pasillo. Entonces, cuando se halla hecho confesión y restitución, con la dura tierra desmontada, el pecado al descubierto y reconocido, entonces y no hasta entonces, el Espíritu de Dios viene sobre la audiencia y un avivamiento desciende sobre la comunidad.

Por lo general hay tan solamente un pecado, un pecado que constituye el obstáculo. Había un Acán en el campamento de Israel. Y Dios señalará con Su dedo justo el lugar. Y no lo sacará hasta que se haya actuado con respecto al obstáculo.

¡Oh! entonces, roguemos primero con la oración de David cuando él clamó: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad” (Salmo 139:23, 24). Y tan pronto como el obstáculo del pecado haya sido eliminado del camino, Dios vendrá en un poderoso avivamiento.

Una ciudad de iglesias llena,
grandes y eruditos oradores,
bella música, órganos y coros;
si todos fallan, entonces ¿qué?
Buenos obreros, fervientes, deseosos,
que hora tras hora trabajan con ardor;
pero ¿dónde, oh, dónde, mi hermano,
está el todopoderoso hacer de Dios?

Refinamiento ¡educación!
Desean lo mejor.
Sus planes y designios, perfectos.
No se dan descanso alguno;
consiguen del talento lo mejor,
tratan de hacerlo superior,
pero, oh, hermano, su necesidad
es el Espíritu Santo de Dios.

Gastaremos nuestro dinero y tiempo
y predicaremos con sabiduría grande,
pero la simple educación
empobrecerá al pueblo de Dios.
Dios no quiere humana sabiduría,
no busca sonrisas ganar;
sino que, oh hermano ¡necesitamos,
que el pecado abandonado sea ya!

Es el Espíritu Santo
que el alma vivifica.
Dios no aceptará al hombre adoración,
ni aceptará el control humano.
Ni humana innovación,
ni habilidad o arte mundano,
podrán dar contricción,
ni quebrantar el corazón del pecador.

Podemos humana sabiduría tener,
grandes cantos y triunfos:
buen equipo podrá haber,
pero en esto no hay bendición.
Dios quiere un vaso puro y limpio,
labios ungidos y veraces,
un hombre del Espíritu llenado,
que proclame todo Su mensaje.

Gran Dios ¡avívanos en verdad!
y mantennos cada día;
que todos puedan reconocerte,
vivimos como oramos.
La mano del Señor no se ha acortado,
todavía es Su delicia bendecir,
si huimos de todo mal,
y todo nuestro pecado confesamos.


Nota: Este poema fue escrito por Samuel Stevenson que me introdujo por vez primera a algunos de los guerreros de la oración que he mencionado, y que me enseñó muchas de estas grandes verdades

No hay comentarios: